El embarazo y la diabetes gestacional

Tuve a mi primer hijo cuando tenía 21 años, pero 15 años más tarde y a los 36 años, estaba esperando otro bebé. La primera mitad del embarazo fue lo que consideraría normal, pero a las 25 semanas me hice la prueba habitual de detección de glucosa (GCT, en inglés). Lamentablemente, el resultado fue positivo y tuve que hacerme la prueba de tolerancia a la glucosa (GTT, en inglés). Una vez más, el resultado fue positivo a un diagnóstico de diabetes gestacional.

Después de una breve consulta con mi médico, me remitieron a un dietista para que me informara mejor sobre la diabetes. Nunca había conocido a alguien con diabetes gestacional, así que no estaba para nada preparada para lo que estaba por venir. Rápidamente tomé una clase sobre diabetes gestacional con un numeroso grupo de otras mujeres embarazadas, donde se nos enseñó sobre información nutricional básica, específicamente sobre la ingesta de azúcar y carbohidratos, y la respuesta del cuerpo a la misma.

Nos facilitaron un monitor de glucosa y tiras de prueba, y nos enseñaron a tomar y registrar nuestras lecturas de azúcar en la sangre (glucosa). Además, nos facilitaron informes para apuntar cada bebida, merienda y comida que consumiéramos durante el transcurso de un período de dos semanas. Junto a esto, debíamos tomarnos lecturas del azúcar en la sangre antes y después de la cada comida. Luego de esas dos semanas, me reuní nuevamente en persona con la nutricionista. Revisó mis registros de alimentos y mis lecturas de azúcar en la sangre, y determinó que, aunque había sido muy disciplinada con mi ingesta de alimentos y había hecho todo exactamente como me dijeron, la dieta por sí sola no controlaba mis niveles de azúcar en la sangre.

En un principio, me sentí muy sensible, incluso más de lo que se considera normal para el embarazo. Estaba muy preocupada por la salud de mi bebé y sentí que de alguna manera todo era mi culpa. Sin embargo, los profesionales médicos me aseguraron que la respuesta de mi cuerpo al control del azúcar en la sangre fue debido a la fluctuación extrema de las hormonas que ocurre durante el embarazo, y no a nada que yo hubiera provocado.

Luego me remitieron a un endocrinólogo. En nuestra consulta inicial, tomé todos mis apuntes de los alimentos que consumí y las lecturas de azúcar en la sangre. El médico concluyó que el siguiente paso serían las inyecciones de insulina. Durante el embarazo, no se pueden tomar los tratamientos orales tradicionales para las personas con diabetes tipo 2. Me dieron instrucciones para tomar y registrar ocho lecturas de azúcar en la sangre por día, una a primera hora de la mañana, dos en el desayuno, dos en el almuerzo, dos en la cena y una antes de ir a la cama por la noche. Además, tuve que comenzar inmediatamente a inyectarme insulina directamente en el estómago unos 5 a 10 minutos antes de cada comida. Como alguien que siempre ha tenido un miedo extremo a las agujas, todo el proceso me ayudó rápidamente a superar ese miedo.

Vi al endocrinólogo todas las semanas por el resto de mi embarazo. Durante cada consulta, revisaba mis lecturas de azúcar en la sangre y ajustaba la dosis de insulina en consecuencia. En mi situación, mis números matutinos siempre parecen ser los más impactados por el padecimiento.

Durante los últimos dos meses y, a medida que avanzaba mi embarazo, las consultas con mi ginecólogo-obstetra se tornaron semanales y, a menudo, me hacían ecografías para monitorear el tamaño del bebé. A través de este proceso supe que los bebés de madres que padecieron diabetes gestacional tienen el riesgo de crecer bastante en tamaño, lo que provoca partos prematuros y partos por cesárea. Afortunadamente, pude llegar a término y tener un parto natural.

Después de que nació mi hijo, el personal del hospital monitoreaba continuamente el nivel de azúcar en la sangre tanto de mi bebé como mío. Mientras estuve en el hospital, seguí recibiendo inyecciones de insulina después de las comidas y seguí una dieta para diabéticos. A mi hijo se le requirió tener tres lecturas consecutivas normales de azúcar en la sangre antes de que nos dieran de alta. Estas fluctuaron ligeramente, pero al segundo día se estabilizaron. Mis números de azúcar en la sangre volvieron a la normalidad aproximadamente dos meses después del parto.

Después del nacimiento mi hijo, me comprometí a lactarlo el mayor tiempo posible, sobre todo porque es lo mejor para él, pero también a través de este proceso aprendí que la lactancia reduce el riesgo de que la madre desarrolle diabetes tipo 2. Ya han pasado seis años y, hasta el momento, no he padecido la enfermedad.

Si no hubiera sido por BCBS, no sé cómo habría sobrevivido. Todo el proceso de por sí fue de mucha tensión y no puedo imaginar no haber tenido esa cobertura excepcional. Tuve un embarazo y parto sin mayores complicaciones gracias a la detección temprana, haber seguido las indicaciones de los profesionales de la salud y a la atención médica continua de rutina.

Presentado por: Angela Reed

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